Confianza
Anick llegó a la sala de espera poco iluminada con la actitud de una mujer insegura, que no sabe si está entrando en un circo o a un matadero, pero lista para enfrentar cualquier resolución.
Durante el almuerzo tuvo ciertos mareos que la impidieron terminar de comer y el asunto era averiguar hasta qué punto dichas pérdidas de conciencia suponían un riesgo o una bendición para cerrar el pico y dejar de engullir.
Anick era la gorda del pueblo. Ella lo sabía y todos lo sabían, pero nadie entendía cómo una mujer tan voluminosa podía vivir en un quinto piso sin ascensor y seguir siendo tan grande.
Ella sí lo sabía y por nada del mundo estaba dispuesta a dejar de hacer lo que más feliz le hacía aunque eso mismo le impidiera perder kilos.
Don Eustaquio estaba sentado frente a ella, aprovechando el calor de la estufa. Parecía dormido o en la inopia pero Anick sabía que estaba muy despierto y atento a todo.
Era el párroco del pueblo, el guardián de pecados y el más pecador. Pero se le permitía porque vivía por y para Dios.
Un Dios que Anick no conocía.
—¿No te parece que nos estamos comportando de un modo ridículo? —cuestionó el niño que había sentado al lado de Don Eustaquio.
Si Don Eustaquio estuvo de acuerdo, no pronunció ni una palabra.
—Admito que fue culpa mía en parte —continúo explicando el niño—. Al fin y al cabo, no soy nada más que un ser humano, sabes. Solo soy un ser humano.
Insistió en lo dicho, como si hubiera alusiones infundadas de que él tenía características de Dios.
Era obvio que Don Eustaquio no estaba dispuesto a hablar.
—Es muy probable —incidió el muchacho— que la culpa sea mía. Estoy dispuesto, si de ese modo puedo recuperar la confianza de Dios, a esforzarme por llevar una vida mejor.
Anick se preguntó a sí misma cómo hacerlo.
Don Eustaquio no dio señales de estar impresionado.
—Nos estamos comportando de una manera muy tonta, ¿no crees?
El niño empezaba a inquietarse por obtener una respuesta cuando el médico de urgencia salió a la sala y Anick cayó desplomada.
Don Eustaquio hacía dos horas que había muerto.
Cuento 10/52
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