Ama Como Estilo De Vida

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Esperanza

Tuve que ir a la guerra. Allí se me dio una recomendación y un salvoconducto para penetrar la selva.

Hice el viaje a pie, con una valija de retales y una botella de ron, hasta que me topé con un dios que me sugirió dar media vuelta si quería volver a casa de una pieza.

La selva está repleta de misterios y de dioses. Dioses alabados por fanáticos de la fe. Fe que no concibo sin un trago de ron.

Hice caso omiso a ese dios porque disponía de una recomendación y un salvoconducto. Además, era la mejor guerrera, según otro dios que afirmó:

—Dios da las peores batallas a sus mejores guerreros.

Había luna llena cuando vislumbré a una vieja bailando con una de esas horribles serpientes cascabel. Engullí ron para cerciorarme de que la vista no fallaba. Cerré y abrí rápido los ojos, y luego, acercándome en silencio, le dije:

—Usted es una vieja valiente. A usted la respetan. ¿Qué hizo para lograrlo?

—Conozco a estas bestias como a mí misma y vivo entre ellas como si fuera una de ellas. Soy de aquí, de todas partes y de ninguna.

—¿Y…?

—Nada ni nadie me detiene.

—¿Cómo? ¿Cómo lo ha logrado?

—¡Calla! Sigue caminando y tómate otro trago.

Seguí adelante. Tuve que pasar a través de una gran arboleda tras la cual hallé un escampado con un grandioso hule donde decidí reposar.

No podía dormir. Ya había terminado la botella de ron y pedí un milagro.

El silencio de la selva es temeroso y la luz pálida de la luna no ayudaba para conciliar el sueño. De pronto escuché a lo lejos un chillido largo y desquiciado que se transformó en un coro de aullidos. Conocía esa siniestra música pero no pertenecía a la selva salvaje: era el llanto desconsolado de una niñita desprolija, asustada y vulnerable.

Me incorporé cuando el suelo vibró y sentí que la bulla se acercaba. No me sentía bien y recordé la botella acabada. Sería eso…

Los aullidos aumentaban. Tomé la valija y fui hacia los ruidos. Hacia donde parecía haber peligro.

Caminé y me adentré en lo que parecía una enredadera de lianas, hasta que vi una grieta luminosa en una roca espeluznante con forma de serpiente.

Continúe avanzando para acercarme lo más posible a la luz dorada, hasta donde podía ver apreciaba un vago reflejo intermitente. Los aullidos continuaban.

Me introduje hasta donde me fue posible. He aquí lo que presencié: en un enorme altar de piedra agrietado, una niñita rebosante de energía tallaba un mensaje en la roca con un cincel y un martillo. Acompañada de bestias de todo tipo canturreaba algo imposible de descifrar.

Debía estar soñando. Me convencí de que aquello era producto de mi imaginación. La niña no era un gusiluz viviente, las bestias no atendían su canto y la roca solo era eso, un puñado de cristales y granos solidificados.

Pero es que en aquel lugar las serpientes bailaban y aquel panorama adquiría un espectáculo insuperable.

Intenté adelantarme, en un silencio fatal cuando una tropa de niñas repelentes me rodearon con su llanto desquiciante. Noté como el orín bajaba por mi entrepierna.

Mi pavoroso silencio aumentó sus chillidos hasta que la luz de la grieta habló:

—Emily Dickinson escribió: “La esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma y canta sin parar” —dijo el gusiluz con voz alegre acercándome un trago—. Bebe y ven a bailar.

—Pero… ¿por qué haces esto? —Tartamudeé desconfiada.

—Será porque te amo.

Cuento 3/52

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