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Apocalipsis

A primera hora del día, Joanna Hope entró en la casa del Señor, en el pueblo de Remblan y anunció su propósito de difundir confianza en toda la Isla de Sospecha.

Allí vivían de modo precario unos cuantos comerciantes vende humos, pescadores de chollos nativos y un puñado de escépticos chismosos.

Siempre hacía frío y siempre estaba nublado porque sus ánimos eran tóxicos.

Pero lo peor no era eso, lo peor es que a cualquiera que se le ocurriera poner un pie en la isla se lo comían.

Nadie estaba dispuesto a renunciar a sus creencias y mucho menos a dejarse iluminar por una extraña.

Aun así y a sabiendas de que cabía la posibilidad de no volver a ver la luz del sol, Joanna Hope estaba decidida a impregnar de confianza aquellos oscuros corazones.

—¿Cómo? —se cuestionó su fiel amiga Tris—. ¿Cómo va a lograr que unos malnacidos confíen en ella y sobre todo en ellos mismos?

Joanna Hope estaba segura de que su misión sería exitosa y no necesitaba explicar cómo lo lograría, solo sabía que lo haría.

En la casa del Señor hubo un revuelo al escuchar semejante afirmación. Había quien lloraba en silencio y quien aplaudía y vitoreaba tan valiente decisión.

Solo una persona se puso en pie y se acercó con dificultad a su amiga, ella era Tris, ciega de nacimiento con altas capacidades.

—¿Qué haces? —preguntó Joanna confundida.

—Acompañarte ¾dijo Tris muy tranquila—. Quiero presenciar cómo logras convertir la oscuridad en luz.

Joanna Hope escuchó con paciencia las mil y una razones por las que era una idea fatídica, pero ella alegaba que su misión estaba guiada por el corazón y no por la razón.

Tras muchas horas de debate y una gran dosis de paciencia y compasión por todos aquellos que dudaban de su propósito, se retiró a descansar para partir al alba hacía Isla Sospecha.

El rumor de que una ciega y una ingenua partían hacía la isla con el objetivo de infundir confianza ya había llegado a la propia isla y los chismosos, pescadores y vende humos estaban ansiosos por recibir a sus nuevas inquilinas para comérselas.

Lo que no sabían es que Joanna llevaba consigo una ofrenda. Algo que no había mencionado a nadie. Un amuleto llamado Tamu, muy deseado en la isla por sus innumerables poderes.

El mismo que le propició a ella esa confianza inquebrantable.

Al llegar a la isla, fueron recibidas con hostilidad por los lugareños, quienes se preparaban para su banquete.

—¡Deténganse! —exclamó Joanna empoderada, alzando el amuleto.

Y un destello tan intenso emanó del Tamu que los habitantes de Isla Sospecha quedaron aturdidos. Pero en lugar de disipar la desconfianza de un plumazo (que era lo que Joanna creía que pasaría), desató un apocalipsis.

Resulta que el amuleto tenía un efecto secundario inesperado: en lugar de infundir confianza a raudales, despertó al guardián de la isla que hibernaba plácidamente en su cueva subterránea.

Un monstruo gigante mitad hombre mitad oso corpulento y temible, se abalanzó hacia Joanna con una mirada desafiante.

Con la isla temblando bajo sus pies, los habitantes corriendo despavoridos y el monstruo avanzando hacia ellas, Joanna y Tris se dieron cuenta de que la situación era más seria de lo que imaginaban.

Pero el monstruo, en lugar de atacarlas, empezó a soltar risotadas incontrolables.

—¡Ja, ja, ja! ¡Esto es lo más divertido que he visto en años! —refutó entre carcajadas—. ¡Quién iba a pensar que el secreto para acabar con la desconfianza de Isla Sospecha era una joven ingenua con un amuleto poderoso! ¿A caso conoces su verdadero poder?

Los habitantes estaban perplejos al ver al monstruo más temido reír a carcajadas y ¡hablar! cuando lo único que hacía era devorar.

—Disculpe señor —habló Tris con voz pausada—. ¿Cómo debo dirigirme a usted?

—Soy Tamu, el creador de Isla Sospecha y dueño del amuleto.

—Entiendo —asintió Tris, comprendiendo en ese instante lo ocurrido—. Mi amiga Joanna pensó que si difundía confianza en los sombríos corazones de Isla Sospecha obraba por un bien mayor y todos saldríamos beneficiados. Pero intuyo que usted es quien los mantiene en dicha oscuridad, ¿me equivoco?

Tamu quedó en silencio durante unos segundos que parecieron horas. Nadie sabía cómo iba a reaccionar a semejante acusación. Finalmente, dijo:

—Nadie está obligado a ser buena persona. Al igual que nadie está obligado a comerse a otros. Todo son decisiones personales e intransferibles. Vosotras llegasteis aquí por vuestra propia voluntad aun sabiendo que os podrían devorar. Ellos viven amargados porque quieren porque el beneficio que obtienen de su amargura es más poderoso que descubrir por propia iniciativa lo contrario. La incertidumbre es traicionera, pero solo el que persevera conoce la verdad.

Cuento 6/52

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