Ama Como Estilo De Vida

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Amiga

Subestimé la conversación que tuve con un hombre hace muchos años. Yo tenía veinticinco años, y él setenta. Fue en la víspera de Semana Santa.

Trabajaba en un gimnasio de recepcionista y él era un cliente habitual inusual.

Es decir, de los que saluda al entrar, da las gracias y se despide al salir.

Un día cualquiera me contó que estaba escribiendo una novela y quería que yo la leyera. A penas fueron tres capítulos pero me recordó al libro de El Alquimista.

Por aquel entonces yo ya había escrito un poemario y había pintado una colección de cuadros.

Poemas que compartí, por primera vez, con un desconocido y que él mismo sugirió que usara un pseudónimo para publicarlos.

Cuadros que meses más tarde expuse con éxito en el centro de Madrid frente al museo Reina Sofía y donde vendí mi primer cuadro a otro desconocido.

Los mismos cuadros a los que saqué fotos con la cámara profesional del cliente del gimnasio y se las compartí porque él me lo pidió.

Después de Semana Santa él se dio de baja del gimnasio un día que yo libraba y no lo volví a ver hasta que años más tarde nos encontramos en una cafetería.

—Amiga —afirmó el desconocido como si el tiempo y la memoria no hubieran pasado— ¿Recuerdas la conversación que tuvimos hace años? —preguntó el anciano con una sonrisa nostálgica mientras removía su café.

—Sí, creo que sí. Fue en el gimnasio, ¿verdad? Me contaste sobre tu novela y me pediste que la leyera para que te diera mi opinión…

—¿Sabes qué es lo más increíble de todo? —preguntó con un halo infantil—. Aquella conversación fue el inicio de un cambio en mi vida.

Arqueé una ceja con curiosidad e incredulidad y pregunté:

—¿Qué quieres decir?

—Después de aquella charla me di cuenta de que tenía que seguir mis sueños, sin importar cuán improbable parecieran. Gracias a tu aliento y apoyo, terminé la novela y finalmente la publiqué.

Quería sonreír y compartir con él su alegría, pero interiormente me sentía una inútil y fracasada. Mi vida era un asco y para nada había seguido mis sueños.

El gesto de mi cara debió delatarme.

El anciano tomó mi mano con ternura y dijo:

—Nunca es demasiado tarde para perseguir lo que realmente quieres en la vida. Y tú, al compartir tus propias pasiones conmigo, me ayudaste a recordar eso. Así que gracias, de verdad.

Sentí un nudo en la garganta y quise salir corriendo, pero su mano todavía sostenía la mía cuando agregó con una cálida sonrisa:

—Recuerda, sigue siempre tu corazón y persigue tus sueños, sin importar cuán imposibles parezcan. Porque nunca sabes a quién podrías inspirar en el camino.

Asentí con lágrimas en los ojos y me marché de allí con un nuevo propósito.

A veces, las conversaciones más simples pueden tener el mayor impacto en nuestras vidas.

Cuento 7/52

Me he propuesto escribir un cuento corto a la semana para mejorar la escritura y el humor.
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