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Congelada

—¿Qué tal estás?

—El otro día salí de casa para calmarme y regresé con un ataque de ansiedad.

—¿Qué te asustó?

—La vida. Había mucha gente, mucho ruido, muchos niños y sentí que yo no formaba parte de todo eso.

—¿Por qué?

—La energía me falla, el dolor me limita…

—¿Y las ganas?

—Sí, obvio, claro que tendría ganas si tuviera energía y pudiera moverme con libertad.

—¿Pero tienes ganas aunque te falte energía y movilidad?

—Sí.

—¿Qué crees que podrías hacer para balancear el peso hacía las ganas y quitar poder a lo que te falta?

—Atravesarlo.

—¿Cómo?

Me quedé callada porque no tenía respuesta para esa pregunta a lo que Bea añadió:

—Te lo preguntaré de otro modo, ¿qué crees tú que le debes a la vida para que esta te haya quitado energía y movilidad?

—Ganas. Las ganas de vivir.

—¿Y para qué crees que te ha puesto en esa situación?

—Para que la aprecie y no salga corriendo a la primera de cambio.

—¿Qué harás la próxima vez que te encuentres en una situación así?

—Atravesarlo.

—¿Cómo?

—Respirando conscientemente. Sintiendo los latidos de mi corazón.

Cada vez que salía de terapia me iba con prisa al Metro porque lo único que quería era llegar a casa. A lugar seguro.

Esos días, mi único plan era ir al psicólogo, pero aquel día decidí salirme del guion y caminar pausada hasta Gran Vía.

Estaba en Argüelles y aunque fuesen las once de la mañana había más gente que en una romería.

Pero no importó porque la decisión estaba tomada, caminaría hasta Gran Vía y visitaría la librería que hay junto al portal de casa.

Amo esa diminuta y antiquísima librería, me recuerda a mi época de universitaria, cuando quedábamos en la plaza para intercambiar apuntes y chuletas.

Luego, Manolo hacía las fotocopias y todos nos íbamos bien provistos a los finales.

Para celebrar, al bar de Juani y para llorar al bar de Juani, el bar donde los bocatas, da igual de lo que lo pidieras, todos median 36 centímetros.

Caminé con la cabeza alta percatándome de todo lo que sucede en una ciudad abarrotada de estímulos.

Con rumbo fijo, casi sin pestañear, caminé sin prisa, por primera vez, en 5 años.

Desde que me robaron en el Parque del Oeste por echarme una siestita a la sombra de un pino, no había vuelto a andar tranquila y mucho menos pararme a curiosear o a descansar en un banco.

Iba de casa al psicólogo, del psicólogo a casa y a los comercios de al lado de casa.

De hecho, antes el psicólogo también me pillaba a tiro de piedra, pero se mudó a una consulta más grande y luminosa y tuve que adaptarme a la novedad.

Aunque antes de llegar ahí hubo meses de terapia online.

Lo peor es que yo ni siquiera me enteré del robo hasta que desperté de la siesta y me di cuenta de que mi bolso no estaba y mis bragas tampoco.

Esto me causó tal trauma que dejé de dormir, salir y relacionarme hasta tal punto que me concedieron una discapacidad del 33% hace dos años.

Aparentemente, podría decirse, vulgarmente hablando, que estoy to buena, pero las apariencias engañan y la mía mucho más.

Y no porque lo diga yo, sino porque nadie acierta mi edad ni se creen que una mujer tan inteligente como yo, con altas capacidades, pueda tener una discapacidad.

Increíble pero cierto y tremendamente jodido cuando le sumas un pánico extremo a vivir.

Vivir a secas.

Vivir.

—¿Quién es?

—Mirta, soy Pepi. Te llamo del hospital Santa Justa donde congelaste tus óvulos hace cinco años, ¿nos gustaría saber si vas a usarlos o quieres donarlos?

Cuento 18/52

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