Plantas
—¿Has enterrado un cadáver?
—¿Qué? ¡No! ¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Ni siquiera uno chiquito?
—No, jamás y tampoco considero que esta sea una conversación apropiada para una primera cita.
—Tienes razón, la cena está exquisita y el restaurante es muy chic, pero me voy a ir.
—¿Cómo? Pero si apenas estamos con los entrantes.
—Suficiente para saber que lo único que me ha traído hasta aquí es tu aire bohemio. Pero tranquilo, la cena está pagada.
Frida tomo su bolso militar junto a la chaqueta vaquera, se levantó con elegancia y se marchó del encuentro.
No tenía claro por qué o para qué acudió a la cita con aquel desconocido pero sí sabía que no quería volver a verlo.
Llevaba 10 años soltera.
Le gustaba estar sola pero a veces sentía la presión inconsciente de querer compartir su vida con alguien más que respirase y que no fuesen los cadáveres que preparaba para la sepultura.
Hablar con los muertos se le daba de perlas, pero mantener conversaciones con los vivos le suponía demasiada energía que no estaba dispuesta a sacrificar.
Frida amaba vivir.
Pero amaba vivir en su mundo particular.
Empezó a trabajar en la funerario familiar con apenas 16 años cuando su abuelo falleció.
Fue el primero en probar en primera persona los servicios que llevaban ofreciendo setenta años.
Aquello fue una revelación para Frida.
Un suceso que transformó su vida para siempre y donde descubrió el papel clave del enterrador.
La persona que se encarga de hacer un agujero en la tierra para introducir en ella un cadáver más tieso y frío que una rama de árbol seca.
Frida quería ser donada a la ciencia, y en caso de no poder, quería ser cremada desnuda y que donasen todas sus pertenencias.
—¿Por qué le preguntaste eso en la primera cita? —cuestionó Aroa, tomando un sorbo de yogur helado.
—Porque desde mi punto de vista, una persona que es capaz de enterrar a un muerto, está más preparada para compartir su vida con un vivo.
—¿Por qué crees eso?
—Bueno, creo que las personas que hemos visto a la muerte disponemos de más sentido del humor aunque para el humano de a pie parezcamos frívolos.
—Frida, ¿me estás diciendo que lo que querías averiguar era si Pedro tiene sentido del humor?
—Sí, es un modo de verlo.
—Ok, supongamos que responde que sí. ¿Qué hubiera pasado?
—Le hubiera preguntado qué tipo de flores o plantas colocó encima de la tumba.
Aroa soltó una carcajada esparciendo el yogur helado por encima del cadáver que diseccionaba.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Frida sorprendida por la reacción de su amiga.
—Tu inteligencia, amiga, tu inteligencia.
—¿Por?
—Dependiendo de su respuesta tú habrías sabido si se trataba de un mortal o de un psicópata.
Cuento 17/52
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