Caer
—¿Qué tipo de ser vivo es inmune al abandono si hasta una insignificante planta se muere?
—Diana —rechino los dientes con dureza—, ¿quién te mete esas ideas tan rocambolesca en la cabeza? —dijo Roberto, aplastando una hormiga.
—¿Tú no te haces preguntas? —cuestionó, recogiendo el cadáver de la hormiga y poniéndolo en el microscopio.
—Me pregunto qué habrá hoy para cenar en ese miserable orfanato.
—Robert —riño Diana, con voz seria—, si hablas así del único hogar que tienes —levantó la vista para ver sus ojos azul cian—, qué dirás de mí cuando nos separemos.
—¿Acaso has oído algo? —replicó, cruzando los brazos—. ¿Habrá visitas este fin de semana?
—Hay rumores —dijo, haciendo una seña para que se acercará—, de que viene una familia muy bien avenida en busca de un niño muy bien criado. Pero tranquilo —puso una mano en su hombro—, que como tú eres un malcriado seguirás en el miserable orfanato que te vio crecer.
—Ja ja —hizo burla a su amiga—, ¿de verdad crees que soy un malcriado y por eso mis padres me abandonaron?
—¿De verdad crees que tus padres te abandonaron?
—Entonces —suspiró—, ¿por qué me dejaron allí?
Diana posó sus manos en los hombros de su amigo y mirándolo fijamente a los ojos dijo:
—Escúchame bien, las personas que nos dejaron allí nos dieron la oportunidad de renacer para que no cometamos sus mismos errores, así que, piénsalo de este modo, somos unos privilegiados que ya han vivido dos vidas. En la primera nos desterraron y en la segunda, que es esta, estamos aprendiendo a ser mejores que ellos.
—Pero tú misma has dicho que nadie es inmune al abandono.
—Siempre y cuando no dejes de ocuparte de ti mismo y te abandones.
Roberto quedó en silencio intentando comprender las palabras de su amiga.
—Entonces —dijo, dubitativo—, si yo me ocupo de cuidar de mí mismo —elevó un brazo al cielo—, ¿seré inmortal como el superhéroe de Blankat?
—¡Exacto! —exclamó, siguiendo la bola a su amigo—, y por eso, si quieres salir del orfanato debes ocuparte de ti.
—¿Y para qué iba a querer salir de ahí?
Diana lo miró sorprendida.
—¿No dices que es un lugar miserable?
—Sí, porque lo es —respondió tajante—. Pero es mi hogar miserable, donde tengo una cama, comida caliente, baño completo y parque. Hay familias que no tienen ni eso, ¿sabes? ¿Te acuerdas de Mateo? El que se fue y volvió porque se escapó. Dijo que es mucho mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.
—No estoy de acuerdo —repuso Diana—. Si nunca ves lo desconocido cómo podrás saber qué es lo mejor para ti. Además, para ocuparte de ti como es debido necesitas ver mundo.
—¿Y tú cómo lo sabes si nunca has salido de allí y no sabes ni lo que es un centro comercial lleno de luces de Navidad con Papá Noel recibiendo las cartas y regalando caramelos?
Diana alzó la vista y con los ojos tan brillantes como dos luceros respondió alegre:
—Libros. La mejor medicina ante la ignorancia.
—¿Me estás llamando ignorante?
—¡No! Jamás —contestó risueña—, solo digo que es mejor errar a quedarse en el sitio por miedo a caer.
Cuento 19/52
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