Suficiente
La pantalla del ordenador brillaba intensamente. Llevaba horas mirando el cursor parpadeante en el documento en blanco y nada.
Me había comprometido conmigo misma a escribir un cuento corto semanal, un compromiso que normalmente disfruto cumplir, pero esta semana era distinto.
Con mi madre ingresada en el hospital las palabras no fluían y cada segundo que pasaba lejos de ella se engrandecía la culpa, la frustración y la tristeza.
Suspiré y le pedí al Arcángel Gabriel que me ayudase, pero la historia no llegaba y la maraña de emociones me ahogaba.
Cerré los ojos, intentando despejar la mente para visualizar algo bonito con lo que conectar.
En la habitación, el silencio era interrumpido solo por la sueva y rítmica respiración de Neox que dormía plácidamente ajeno a todo.
Pensé en mi madre, en la fortaleza que siempre ha mostrado. Ahora, verla tan frágil y vulnerable me cabreaba.
Me sentía mal por no estar allí y me sentía peor por no querer ir.
«Escribe», me dije a mí misma. «Escribe algo, cualquier cosa». Pero las palabras seguían sin llegar.
Recordé entonces a la inteligencia artificial y cómo esta podía ayudar a los escritores en momentos de bloqueo.
Con dudas y sin mucha esperanza, abrí la aplicación.
«Hola, ¿en qué puedo ayudarte hoy?» apareció en la pantalla.
«Necesito escribir un cuento corto, pero no puedo concentrarme. Mi madre está en el hospital y no tengo cabeza para esto”.
«Entiendo. Lo siento mucho. Vamos a empezar con algo sencillo. ¿Qué te gustaría transmitir en tu cuento?» respondió la aplicación.
Pensé por un momento y un torrente de frases y emociones inconexas salieron a bocajarro tecleando más rápido que los pensamientos de mi cabeza.
La aplicación comenzó a ofrecerme ideas y frases. Poco a poco, sentí que el cuento empezaba a fluir. No era perfecto, pero sí suficiente.
Cada palabra que escribía era un puente hacia la liberación de mis propias emociones.
Recordé la historia que mi madre me contaba de niña, la forma en que su voz me arrullaba y me hacía sentir segura y a salvo.
Escribir, de alguna manera, se sintió como una caricia de mamá y su beso en la frente de buenas noches.
El cuento tomó forma más rápido de lo que esperaba. Al final, recuperé la sensación de paz que me envolvió justo a tiempo para programar con alivio el cuento semanal.
No era solo una tarea cumplida, sino un homenaje a mí misma, a la fuerza y compromiso de haber bailado con el miedo y haber decidido mantenerme fiel a mi palabra sin caer en la tentación.
La inteligencia artificial fue la chispa que necesitaba, un recordatorio de que incluso en los momentos más difíciles, las palabras tienen el poder de sanar y (re)conectar.
Cerré el portátil y, antes de dirigirme al hospital, me permití un momento para respirar profundamente y gritar.
Había cumplido mi palabra y, al hacerlo, había encontrado una forma de sobrellevar el dolor.
Escribir cuando menos lo deseaba me había dado el sostén y consuelo que tanto anhelaba.
Cuento 15/52
Me he propuesto escribir un cuento corto a la semana para mejorar la escritura y el humor.
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