
Autostop
—Dígame, ¿dónde estuvo anoche entre las diez y las once? —Cuestionó el inspector de policía, con voz autoritaria.
—¡Oh! —exclamó Doroti, con voz pausada—. En este pueblo de mala muerte es bien sabido que tengo insomnio —hizo una pausa mirando los ojos azul mar del agente—, pero el Doctor Regio me recetó unas pastillas que tomo a diario y me dejan sopa hasta que canta el gallo —sonrío dulcemente—. Así que, estaba dormida y mi reloj inteligente puede corroborarlo.
—Traiga sus objetos personales —mencionó el policía, haciendo un gesto al ayudante.
—¿Me puedo ir? —preguntó Doroti, con voz alegre.
—No —tajante y brusco—. Quiero ver lo que dice el reloj.
—Oh —musitó, haciendo una mueca.
—¿Qué ocurre?
—Una desgracia —habló pausada—. Cuando el gallo canta, tomo la bicicleta de mi abuela y voy de paseo hasta el río —el agente y auxiliar la observaban con desesperación—. Como anoche llovió, el camino estaba embarrado y en un descuido tropecé con una piedra —suspiró—, caí al río. Vea —hizo un gesto con las manos señalando algunos arañazos—, yo estoy bien, pero la bicicleta, el reloj y las flores que recogía para mi abuela se fueron con la corriente —sonrío dulcemente—. Así que, el reloj está en el fondo del río, ¿puede usted rescatarlo?
—¿Su abuela puede corroborar la historia? —preguntó exasperado.
—Oh —pronunció risueña—. Podría —hizo una pausa prolongada, mirando al auxiliar—, si pudiera hablar con usted.
El ayudante quiso intervenir, pero el nuevo y mordaz inspector de policía le hizo un gesto para que se callara.
—Traiga a la abuela para interrogarla.
Doroti rio a carcajada.
—Señor —añadió el muchacho en voz baja—, la abuela de la detenida está muerta y enterrada en el cementerio del pueblo.
—¡Caspitas! —dijo Doroti, mirando con ojos pícaros a los funcionarios.
—¿Qué pasa ahora? —gritaron al unísono los policías.
—Olvidé que tenía cita con el Doctor para que me recete nuevas pastillas.
—Dori —dijo el joven policía, acercándose a ella— el Doctor ha muerto —miró a su superior—. Le han asesinado.
—¿Qué? —saltó de la silla llevándose las manos a la cabeza—. ¿Y ahora quién cuidará de mí? Mira que se lo dije —apretaba los puños y daba golpes en su cabeza—, no te fíes de las rubias con piernas largas, no te fíes de los hombres con bigote y pies grandes. No te fíes. No te fíes. No te fíes.
—Siéntese —mencionó el inspector, con tono más amable acercando la silla—. ¿De quién no podía fiarse el Doctor Regio?
En ese instante, la puerta de la sala se abrió y la secretaria asomó la cabeza para entregar al policía unos documentos. Ella era una mujer rubia de piernas largas y él un bigotudo con un 47 de pie.
—¿Dónde estuvo anoche entre las diez y las once? —preguntó Doroti, escudriñando su falso bigote.
—¿Cómo dice? —titubeó el agente que se sobresaltó al escuchar aquello.
—Responda —repuso el ayudante con frialdad.
—Conmigo —añadió inocente y dichosa la secretaria—, fuimos a cenar al nuevo restaurante italiano de la avenida principal, después dimos un paseo hasta el río y a las doce, como la cenicienta, estaba de vuelta en casa —suspiró con ojos de enamorada.
—¡Lo sabía! —exclamó Doroti, arrancando de una el bigote falso del detective.
—Señor —entró un nuevo agente—, han detenido al asesino del Doctor Regio a la salida del pueblo —todos se miraron sorprendidos—. Intentaba hacer autostop pero como nadie paraba porque va manchado de sangre —tomó aire— llegó hasta la última gasolinera a pie y se entregó a unos guardias que repostaban, confesando ser el culpable.
—Inspector —habló Doroti con voz melosa—, ¿rescatará mi reloj?
Cuento 25/52
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