Postal
—Escucha esto, Pepe: Ya es posible revivir dinosaurios con la ayuda de la inteligencia artificial.
—Dolly.
—No, Pepe. Esa fue la oveja que clonaron —acariciaba su pico mientras leía las noticias—. Esto es distinto. Reviven ciertas especies de dinosaurios gracias a sus esqueletos —Pepe escondió la cabeza bajo el ala—. Asusta, ¿verdad?
En ese momento sonó el teléfono sacando a Desi de su ensimismamiento.
—Despacho Desi Gual, ¿qué desea?
—¿Su ayuda? —Cuestionó una voz ronca.
—Y usted, ¿es? —preguntó Desi, molesta.
—¿Su nuevo cliente? —respondió con cierto sarcasmo.
—Mire —Desi empezaba a impacientarse—. Dígame quién es y qué quiere y veré si puedo ayudarle.
—Verá, mi mujer es una gran fan suya —mencionó con sorna— y yo quiero impresionarla con su ayuda —carraspeo la garganta— para que me considere tan inteligente como usted.
Desi rio con ironía, reconoció el carraspeo y sabía perfectamente quién era, aunque él no se atreviera a reconocerlo.
—Lo que yo creo —se incorporó en la silla— es que usted la pifiado pero bien y si su mujer cumple la amenaza de abandonarlo —quedo en silencio para oír su respiración entrecortada al otro lado del teléfono— se queda con el culo al aire y sin nada que llevarse a la boca. Me equivoco, ¿señor anónimo?
Leo, el anónimo y ex colega de profesión de Desi quedó en silencio unos minutos hasta que no le quedó más remedio que reconocer quién era.
—¿Cómo me has reconocido?
—Digamos que… —Desi se besó a sí misma— soy una mujer muy inteligente. ¿Qué has hecho ahora?
Después de una larga conversación telefónica decidieron reunirse a las cuatro en la ermita El Cerrillo.
—¿Qué pasa? ¿Ahora además de lista eres puntual? —saludó Leo, con guasa.
—Sí y también cinturón negro en atraer payasos por lo que se ve.
—Perdón —dijo arrepentido—. Es que todo este asunto me altera y como ya no puedo desahogarme contigo como antes pues…
Leo estaba realmente afectado. La amenaza de Pía, su esposa, parecía más cierta que nunca y eso le tenía como gato panza arriba.
—¿Por dónde quieres empezar? —preguntó Desi sin echar cuenta de sus disculpas.
—Ella antes me admiraba —susurró melancólico—, ahora siento que me rechaza, porque tú unes parejas y yo sigo separándolas —buscó los ojos de Desi—. Me dice que no creo en el amor.
—¿Qué admiraba de ti? —preguntó Desi, libreta en mano.
—Mi fortaleza, decía. Mis tablas para afrontar situaciones desagradables, aparentemente impasible —se encendió un cigarro y ofreció uno a Desi—. Mi determinación, entusiasmo…
—¡Para! —le interrumpió—. ¿Sigues cocinando los fines de semana, haciendo platos especiales y debatiendo juntos sobre las noticias random como la de los dinosaurios de hoy?
Leo dio la última calada al cigarro y guardó la colilla en su cenicero portátil.
—No. Desde el accidente de moto no he vuelto a cocinar nada ni a —una lágrima recorrió su mejilla— leer.
—¿Se te ha metido algo en el ojo? —Desi jamás había visto llorar a Leo y quiso animarlo, como siempre hacia desde hace una década.
Ambos rieron y chocaron sus puños.
—Gracias —añadió Leo, limpiándose las lágrimas.
—¿Por? Si todavía no he hecho nada —respondió, ofreciéndole clínex—. Quiero que vuelvas a casa, hagas las maletas de ambos, vayas a buscar a Pía y os vayáis al aeropuerto a coger el primer vuelo que salga —quiso interrumpir, pero no le dejo—. Y, dentro de dos semanas quiero recibir una carta desde el lugar donde estéis. Yo me ocupo de las plantas y de los galápagos.
—¿Solo con eso volverá a admirarme? —preguntó esperanzado con una amplia sonrisa.
—No. Pero unas vacaciones improvisadas siempre sientan bien y te serán útiles para darte cuenta de lo privilegiado que eres y de que llevas un año lloriqueando por las esquinas por un accidente en el que podrías haber muerto, literalmente.
Dos semanas después Desi recibió una postal desde México que decía: ¡Viva la vida, cabrones!
Cuento 41/52
Me he propuesto escribir un cuento corto a la semana para mejorar la escritura y el humor.
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