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Historia

—¿Quién es? —pensó Dalia, soñolienta desde la cama, al tiempo que encendía la cámara para ver quién había osado a despertarla de su reparadora siesta.

Brisa lamió su mano tres veces haciéndola saber que era una persona conocida para ambas.

—Sí —asintió extrañada, haciéndose un moño y limpiándose la baba de la cara— ¿Qué hace aquí a estas horas si debería estar en un avión rumbo a Miami? —Abrió la puerta sin reparar en lo que llevaba puesto—. ¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces sin ropa? —preguntó Saúl, alterado mezclando las señas de signos para que su amiga entendiera.

—Llevo bragas —mencionó escueta, esperando que respondiera a su pregunta.

—Vístete, por favor —añadió, más calmado, moviendo las manos con claridad.

Saúl era de los pocos amigos que conservaba Dalia después de sufrir un catastrófico accidente que la dejó sorda y también era de las pocas personas que se había preocupado en aprender lengua de signos para poder conversar con su mejor amiga.

—¿Mejor así? —sonrió.

Llevaba puesta su camiseta favorita “Keep Calm Estoy Sorda (con letras grandes) pero leo los labios y hablo lengua de signos (con letras minúsculas)”, una falda de retales larga hasta los pies y unas botas militares.

—Siéntate —hizo un gesto al sofá.

—Me estás asustando —acariciaba a Brisa para calmarse.

—He resuelto el enigma —cogió lápiz y papel y comenzó a escribir como si estuviera poseído—. Atenta a lo que vas a leer a continuación.

Dalia intentaba entender la ilegible letra de su amigo médico hasta que él se frenó en seco.

—¿Qué pasa? —quiso saber, intrigada—. Saúl, en serio —pronunció con voz pausada—, no tengo ni la más remota idea de lo que haces aquí ni sé lo que quieres que lea en ese papel.

—¡Cásate conmigo! —exclamó, hincando la rodilla en el suelo y ofreciéndola un anillo vintage de su abuela paterna—. Dalia —confesó con ternura, agarrando su mano—, no quiero irme a Miami sin ti. No quiero dejarte aquí. Quiero pasar el resto de mi vida contigo porque eres la única persona que jamás escuchará mis ronquidos, pedos y eructos —Saúl esperaba una carcajada de su amiga, pero ella estaba petrificada con la mirada fija en la joya—. ¿Dalia?

Se levantó del sofá sin dejar de mirar la piedra y se fue a su cuarto en silencio. Cerró con llave y a los diez minutos regresó al salón donde Saúl acariciaba a Brisa y le preguntaba: ¿Qué había hecho mal?

—¡Lo tengo! —gritó alegré, mostrando un anillo idéntico que le regaló su abuela materna—. ¿Conoces la historia?

Saúl empezó a llorar y asintió entre lágrimas. Ambos se fundieron en un largo y sentido abrazo que fue interrumpido por los lametones de Brisa, avisando de que su hora de paseo había llegado.

Cuento 24/52

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