
Disfraz
—¿Quién te crees que eres?
—La Agatha Christie de la comedia romántica —respondió impasible.
—Sí claro —musitó—, y yo soy Napoleón Bonaparte.
—¡Excelente! —Sonrió.
—¿Cómo? —Miró extrañado.
—Tendrás muchas historias que contar —añadió, manteniendo la sonrisa.
—Pues… —se rascó la cabeza—, ahora que lo dices, hoy tuve un sueño muy extraño.
Quedó en silencio rememorando el sueño que lo había inquietado y volvía hacerlo.
—Cuenta —dijo la mujer sacando un abanico del bolso—. ¿Qué soñaste?
—Para empezar —mencionó avergonzado—, era mujer —suspiró— y discutía con mi pareja que era un hombre.
Volvió a quedarse en silencio intentando asimilar lo que acababa de verbalizar.
—¿Qué más? —la mujer animó a continuar.
—Le di un bofetón.
—¡Oh!
—Le di un bofetón porque por defenderle a él yo había perdido la relación con mis amigos y él quería seguir manteniendo el contacto con ellos.
Las palabras salieron de su boca atropelladas por una fuerza enrabietada que parecía oculta y, claramente, le desbordaba.
—¿Qué pasó después? —Preguntó intrigada la mujer que lo miraba atenta con compasión.
—Él siempre lograba sacarme una sonrisa en mis peores momentos.
El muchacho estaba asustado, inseguro e indeciso. Hablaba como si aquel sueño hubiera ocurrido en la vida real y sentía cada palabra que salía de su boca. Su corazón acelerado, las manos sudorosas, el pellizco de las mariposas.
—¿Y lo hizo?
—Sí —resopló—, yo no quería pero lo logró y ahora no tengo amigos ni lo tengo a él.
El silencio se apoderó de la conversación y ambos desconocidos se quedaron rumiando aquellas palabras como quien queda perplejo ante una escena vergonzosa. La escritora hacía anotaciones mentales para no olvidar el aroma a naftalina que desprendía aquel peculiar relato. El joven quería marcharse de aquella estúpida fiesta.
—Querido —la mujer rompió la mudez—, ¿quieres seguir siendo Napoleón Bonaparte?
Negó con la cabeza, mirando al suelo buscando un agujero por el que meterse.
—Este disfraz me viene grande y he de encontrar un personaje más afín con el que me sienta más identificado.
—O al que admires —añadió ella sonriente, dándole una palmadita en la espalda.
—¿Cómo lo logró usted? —cuestionó con el entusiasmo de un niño.
—Tuve un sueño —hizo una pausa para guardar el abanico—, en él morí —sonreía con los ojos iluminados— y al renacer pude elegir quien quería ser.
Cuento 26/52
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