Ronroneo
Jimena, de 39 años y orgullosa aficionada a la astrología desde que compró su primer tapiz con la carta astral de Salvador Dalí, hace un mes. Tiene un gran problema entre manos: el universo la odia. O al menos eso cree desde que descubrió que su Sol está en Virgo, su Ascendente en Sagitario y su Luna en Capricornio. Desde este grandilocuente hallazgo, todo parece ir de mal en peor.
Suspiró cuando al revisar por enésima vez su aplicación astrológica favorita “Astro Pop”, le advertía: «Cuidado con la energía de Capricornio hoy, podrías ser demasiado estructurada. Permite la espontaneidad en tu vida».
—¡Eso es como decirle a un pez que deje de nadar! —se quejó.
Gracias a los astros, Jimena vivía en una constante contradicción, porque según su carta astral, ella debía ser de una determinada manera.
Sin embargo, había algo que no cuadraba. Pequeños detalles que a Jimena le sacaban de quicio y la desubicaban, empezando por: no se sentía una Virgo clásica.
Ni aunque fuera una obsesa de la limpieza ni por su supuesto perfeccionismo. En el fondo, ella deseaba ser más Sagitario: libre, aventurera, entusiasta, con esa chispa incontrolable que empuja a los sagitarianos a lanzarse a la vida sin pensarlo dos veces.
Pero ahí estaba su Sol en Virgo, insistiendo en que planificara hasta sus relaciones sin echar una canita al aire.
Además, tampoco tenía idea de qué hacer con Capricornio. Su Luna en ese signo era como una presencia incómoda que aparecía en los momentos más inoportunos.
Como cuando intentaba ser espontánea o graciosa y soltaba por la boca una crítica destructiva que nadie le había pedido o reorganizando el armario en colores “por si acaso”.
—Mira, Teo —se quejó a su gato—. No soy una Virgo. No puedo serlo. Quiero ser libre, aventurera… Pero, por alguna razón, siempre termino eligiendo la opción más dramática. ¿Qué se supone que debo hacer?
El gato la ignoró, como siempre, con los ojos entrecerrados y luego bostezó.
—¡Exacto! —exclamó Jimena—. Eso es lo que siento. Un aburrimiento total de esta vida banal e insulsa.
En medio de su crisis astrológica, decidió hacer lo que toda persona racional haría en su situación: buscar en Google. «Cómo sobrevivir a una carta astral desastrosa». Los resultados fueron… menos útiles de lo que esperaba. Pero un artículo llamó su atención: «El poder de los ascendentes, soles y lunas: cómo encontrar el equilibrio en medio del caos cósmico». Firmado por una tal «Señora Fortuna», un nombre que sonaba lo suficientemente esotérico para ser confiable. O al menos para distraerla.
Al día siguiente, con Teo en su bolsa de transporte, Jimena llegó a la librería de la señora Fortuna, una pequeña y curiosa tienda esotérica en un rincón olvidado de la ciudad.
Entre las estanterías llenas de libros polvorientos sobre alineaciones cósmicas, runas ancestrales y chakras desbalanceados, la dueña y excéntrica señora Fortuna, hacía sus cálculos astrales como cada miércoles.
Tenía el cabello tan encrespado que parecía un pequeño universo en sí mismo, y un olor a incienso de sándalo la seguía a todas partes.
—Bienvenida, Jimena. Sabía que vendrías —dijo la señora, mirándola profundamente, como si leyera su alma. Jimena no pudo evitar sentir que en realidad solo había visto su reserva en línea—. ¿Y este es… tu guía cósmico?
—Es mi gato —respondió Jimena, algo desconcertada por la pregunta.
—Ah, claro, claro. Los gatos siempre han sido los guardianes de las energías. —Sonrió Fortuna, como si esa afirmación fuera un hecho obvio—. Por favor, toma asiento y dime, ¿cuál es el dilema?
Jimena resopló y se sentó en una butaca de terciopelo violeta al tiempo que despotricaba sobre su combinación astral como si se hubiera tragado una metralleta.
—Mi Sol me dice que lo planifique todo, mi Ascendente me grita que haga las maletas y me vaya a recorrer el mundo, y mi Luna… ¡no sé qué quiere mi Luna! Es como tener un jefe en mi propia cabeza que no me deja relajarme ni un minuto.
La señora Fortuna escuchaba con atención, casi sin pestañear, asintiendo cada cierto tiempo y murmurando cosas como: «Ah, sí, el viejo dilema del Ascendente Sagitario» y «Capricornio, siempre tan estricto…».
—Entonces, ¿qué puedo hacer? —preguntó finalmente, desesperada.
—¿Alguna vez te has preguntado si el problema no es tu carta astral, sino cómo la interpretas?
—¿Perdón?
—Lo que describes no es inusual. Muchas personas se sienten atrapadas entre sus signos. La clave está en que dejes de intentar ser un solo signo y comiences a ver tu carta astral como un equipo. Virgo, Sagitario y Capricornio no están luchando por el control; están colaborando, aunque de una manera… complicada.
Jimena se revolvió en el asiento y Fortuna prosiguió.
—Piénsalo. Virgo quiere orden, Sagitario aventura y Capricornio estructura. ¿Y si tú verdadera fuerza está en abrazar todas las partes y ayudarse entre ellas?
—Pero si siento que cada uno tira para su lado. Una quiere que haga listas, otra que las queme y me vaya de viaje, y Capricornio… —hizo una mueca.
Fortuna se abullonó el cabello.
—Sí, eso suele pasar. Pero ¿y si en lugar de verlos como enemigos, intentas que trabajen juntos? Quizás tu lado Virgo pueda planificar una aventura emocionante que Sagitario disfrute, mientras Capricornio asegura que no te quedes sin dinero en medio del camino. No se trata de elegir un solo signo, sino de aceptar que eres todos ellos a la vez.
—¿Ser un desastre… es una opción?
La señora sonrió.
Al salir de la tienda, con Teo en brazos, se detuvo un momento a observar el cielo.
—¿Sabes qué, Teo? —dijo sonriendo—. Tal vez no tenga que encontrarle sentido a mi carta astral. Quizás con aceptar que soy de muchas formas es suficiente… y eso está más que bien.
El gato, con su sabiduría felina, cerró los ojos y ronroneó.
Cuento 30/52
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