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Mente

El calor de agosto era sofocante, pero había una pequeña cafetería en el centro de la ciudad que solo los auténticos intrépidos conocían. La temperatura era correcta, ni frío ni calor para saborear un exquisito café descafeinado de Colombia que sabía a selva.

Se llamaba “La Taza Calma”, un nombre irónico para un lugar donde las charlas giraban en torno a las crisis existenciales y los ataques de pánico. Sobre todo, los jueves, cuando se reunían los miembros del Club del Pánico.

Un grupo de personas aparentemente normales que luchaban a diario por aparentar ser normales. El fundador del club era Juan, un hombre de cuarenta y tantos que siempre parecía estar al borde de un colapso nervioso.

El tipo tenía una habilidad especial: podía entrar en pánico a la velocidad de la luz. Un simple sonido fuerte y/o extraño y ya estaba convencido de que era el Apocalipsis.

—Hoy casi me atropella un ciclista en un paso de cebra —dijo Juan, mientras removía su café descafeinado con demasiada energía—. Claramente fue un intento deliberado de asesinarme.

—Seguro que ni te vio —dijo Paola, otra de las integrantes del club, una mujer cuya ansiedad generalizada solo era superada por su amor a las listas de «todo». En serio, en una única libreta anotaba cualquier cosa en forma de listas. Lo llevaba consigo a todas partes y cuidado si un día se le olvidaba….

—Tal vez él también estaba preocupado pensando que un coche lo iba a atropellar y simplemente pensó: él o yo —dijo Fermín, otro integrante tremendamente dramático adicto a los programas y documentales de supervivencia extrema.

Juan resopló asqueado.

—O quizás estoy en una lista secreta de gente que quieren eliminar “casualmente”, para que parezca un accidente.

Fermín asintió como si esa explicación fuera perfectamente lógica. Después de todo, él también era una de esas personas que, cuando escucha un avión volar bajo, comienza a calcular la distancia que hay desde su ubicación hasta el lugar secreto de su búnker, antes de ser bombardeado.

A su lado estaba sentada Sara, la filósofa y hacker del grupo. Sara no temía morir por cosas tangibles como ciclones o sartenes voladoras. Sus ataques de pánico eran existenciales. Ella se aterrorizaba ante la idea de desaparecer en la insignificancia cósmica.

—¿Alguna vez os habéis preguntado si en realidad somos todos una simulación? —preguntó Sara, frotándose las sienes—. Tal vez este club ni siquiera existe. Quizá no existimos. Quizá somos solo números en algún programa de computadora gigante y nada importa.

Paola abrió los ojos como platos,  mientras sacaba su cuaderno y comenzaba a hacer una nueva lista. «Posibilidades de que seamos una simulación».

Juan, sin embargo, parecía más preocupado por algo más inmediato.

—¿Y qué pasa si nuestro simulador es un niño? —preguntó con ojos desorbitados—. ¿Y si está jugando con nosotros como juega con sus muñecos? ¡Quizás cada vez que me quedo atrapado en el metro es porque decidió poner una pared invisible!

—Eso explicaría muchas cosas —dijo Paola, con la cabeza enterrada en sus anotaciones.

Fue entonces cuando llegó Diana, la última miembro del club y la reina del pánico social.

Sus manos temblaban mientras se acercaba a la mesa con su café, derramando un poco al sentarse. Diana era capaz de desatar una crisis solo al tener que responder a la simple pregunta de: ¿Cómo estás?

—Hoy… hoy… hoy tuve que llamar al técnico de internet —balbuceó, con los ojos llenos de horror como si hubiera sobrevivido a una guerra—. ¡Me preguntó cómo estaba! Y… ¡y yo dije “bien”! ¡Pero no estoy bien!

—Nadie está bien, Diana —dijo Sara, mirando fijamente su café como si contuviera las respuestas al universo. Pero luego añadió—. Aunque claro, en este simulacro de realidad, ¿quién puede decir qué significa “bien”?

—¡Exacto! —gritó Diana, mirando a Sara como si por fin alguien la entendiera—. ¡Nadie está bien! ¡Pero todos fingen que lo están! ¿Por qué seguimos este juego? ¿Por qué no podemos gritar a los cuatro vientos que estamos al borde del colapso? ¡Que estamos agotados, aterrados y abrumados!

Hubo un silencio en la mesa. Paola levantó la mirada de su cuaderno.

—Eso suena como una tarea… complicada —dijo, con un pequeño temblor en la voz—. Yo tendría que organizarlo todo primero. Hacer una lista de los pros y los contras de gritar tan fuerte.

Sara se cruzó de brazos.

—El grito colectivo no tiene sentido en una simulación. ¿Para qué gritar si estamos predestinados a cumplir un código que ni siquiera comprendemos?

Fermín bebió de su café sin cafeína, con el ceño fruncido.

—Yo… yo no creo que pueda gritar si no estoy cerca del búnker, con mi suerte, el eco de mi grito provocaría un deslizamiento de tierra y os sepultaría a todos.

El grupo quedó en silencio por un momento, asimilando esta última catástrofe de película. De pronto, sin previo aviso, Diana soltó una carcajada. No una pequeña risa nerviosa, sino una auténtica carcajada que hizo que todos en la cafetería se giraran a mirarla.

—¿Qué pasa? —preguntó Juan, mirando a Diana como si viera una alucinación.

—¡Todo esto es ridículo! —exclamó entre risas—. ¡Estamos aquí sentados, con miedo de nuestras propias sombras, imaginando cosas que probablemente nunca sucederán, mientras el resto del mundo sigue como si nada!

Sara sonrió débilmente, como si en el fondo supiera que tenía razón.

—Bueno, si somos una simulación, entonces el programa debe estar disfrutando de esta absurda conversación.

Paola cerró su cuaderno lentamente y sonrió por primera vez en la tarde.

—Quizás deberíamos hacer algo aún más ridículo o de gente normal como… no sé, ir al cine y no preocuparnos por si la película es mala o si alguien se sienta demasiado cerca.

Fermín asintió con cautela.

—Siempre puedo llevar mi manta de seguridad… por si acaso.

Y así, el Club del Pánico se levantó de la mesa con una mezcla de nervios y determinación, como un grupo de héroes que, aunque sabían que el verdadero enemigo era su propia mente, estaban dispuestos a enfrentarlo. ¿Cómo? Bueno, probablemente con una lista de posibles catástrofes en una mano y un poco de café descafeinado en la otra, pero con una sonrisa en los labios. Porque si algo habían aprendido en todo ese tiempo, era que, aunque la vida fuera aterradora, también había espacio para reírse de lo absurdo y de uno mismo.

Cuento 29/52

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