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Aniversario

Desi mantenía una conversación con Pepe, su loro parlante, cuando sonó el teléfono y antes de que pudiera pronunciar palabra.

—¿Hablo con la señorita Desi Gual?

—Sí, ¿quién es?

—¿Es usted la detective del amor?

—Oiga, ¿con quién hablo?

—Tiene que ayudarme a encontrar un barril.

—¿Un barril?

—Sí, un barril repleto de pepitas de oro.

—¿Oro? ¿Pero con quién hablo?

—No tengo mucho tiempo —la voz sonaba temblorosa y entrecortada—, por favor, ayúdeme.

—Si no me dice quién es cómo pretende que le ayude.

—Ah, sí, sí, perdone —hubo silencio, como si tomara aire—. Ramiro me dio su número. Mi nombre es Tomás y necesito encontrar el barril para que mi matrimonio no se hunda.

Parecía que se hubiera aprendido aquella frase de memoria, pero algo en su voz le inquietaba.

—Está bien, pásese por la oficina a las 16 PM para charlar con tranquilidad.

—¿Antes no? —se alteró—. Es urgente, señorita Gual. Cuanto antes encuentre el barril, antes recuperaré la confianza de mi esposa.

Desi reclino el asiento hacia atrás y al mirar por la ventana vio a un hombre inquieto con un sombrero en la mano y el teléfono en la oreja que la observaba.

—¿Está usted ahí? —gritó sobresaltada—. ¿Es el del sombrero cowboy?

—Sí señorita —asintió aliviado—, necesito su ayuda y pensé que…

Le interrumpió.

—Suba.

Estaba terminando de poner las pipas a Pepe cuando llamaron a la puerta.

—¿Desde qué hora está usted ahí? —preguntó intrigada por tanta insistencia.

—Desde anoche, señorita —respondió sofocado.

—¿Sabe que hay ascensor?

—Está estropeado.

—Ah. ¿Quiere algo de beber?

—Quiero encontrar el barril.

Desi terminó de servir su café y le hizo una seña para que se sentara. Ella también lo hizo.

—Dígame —escudriñó con la mirada al apuesto señor Tomás—, ¿por qué su matrimonio depende de un barril?

—Bueno —tartamudeó— eso es confidencial.

—¿Confidencial? —rio con sarcasmo—. Confidencial son las canas de mi higo señor Tomás —se inclinó y apoyó los codos sobre la mesa—. Mire, después de veinte años escuchando a millonarios romper sus votos por menos que un pepino, nada es confidencial.

—Es un tema serio, señorita Gual —insistió él, ignorando su comentario—. Si no encuentro ese barril, mi matrimonio se va a pique y jamás me lo perdonaré.

Él continuó hablando del horrible suceso y de que si éste no aparecía su esposa se marcharía. Desi quería entender, empatizar, pero necesitaba averiguar qué había en el barril, además de pepitas de oro.

—Está bien —pronunció Tomas con resignación—, le diré lo que hay dentro si promete no juzgar.

—Oh, no. ¡Dios me libre! —dijo con rin tintín—. Yo solo quiero encontrar el barril, igual que usted.

Tras un monólogo de Tomás sobre diez años de matrimonio, historias de juventud y altibajos, culminó con la revelación.

—Y, ¿bien? —dijo Tomas, esperando algún tipo de reacción.

Desi estaba inmersa en un mar de pensamientos dilucidando si estaba soñando o todo aquello era tan real como la cagada de Pepe en el sombrero del señor Tomas.

—¡Pepe! —exclamó sin previo aviso, asustando a todos los presente—. Lo llevaré al tinte o le compraré uno nuevo.

—Señorita Desi —dijo en tono autoritario—, el sombrero me da igual. Quiero saber…

—Sí, sí, el barril —concluyó su frase dándole una palmadita en la espalda—. ¿Le apetece dar un paseo? Hace un día espléndido y así podrá seguir informándome.

Desi no le dio elección. Tomaron sus cosas y le pidió que le acompañara fuera de la oficina. Caminaron hasta la plaza del pueblo y se detuvieron frente a la biblioteca municipal.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó intrigado Tomas.

—Verá —respondió Desi, invitándole a entrar—, cuando quiero silencio voy a la iglesia y cuando busco inspiración vengo a la biblioteca. Ayer —continúo sujetando del brazo a Tomas—, no tenía pensado entrar, pero había mucho alboroto y me dio curiosidad.

—¡El barril! —exclamó Tomas llevándose las manos a la cabeza.

—¿Qué haces aquí? —preguntó un hilo de voz a sus espaldas.

—Ceci, cariño, ¿qué es todo esto?

—Era la sorpresa de aniversario—añadió con voz triste.

Desi sonrió satisfecha porque aunque hubiera estropeado la sorpresa, había salvado un matrimonio en vez de separarlo por sumas millonarias como hacía en el pasado cuando era la mejor y más reputada abogada de divorcios de ricos.

“Quién diría que ahora me dedico a coser lo que antes descosía…”, pensó.

Cuento 39/52

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