Cita
Desi hojeaba una edición maltratada de Mujercitas cuando Ramiro, el dueño del anticuario, apareció entre los estantes, visiblemente nervioso.
—Desi, necesito tu ayuda… otra vez —dijo Ramiro, quitándose las gafas para limpiarlas, un gesto que a ella siempre le resultaba entrañable.
—¿Te refieres a cuando te ayudé a encontrar las gafas pérdidas o cuando descubrí que el perro de tu vecino era el ladrón de tus bocadillos y no Pepe? —Desi no levantó la vista del libro, pero una sonrisa ligera se asomó en sus labios.
—Bueno, esto es más serio. Un abanico del siglo VII ha desaparecido, y no cualquier abanico, sino ¡el primero!
Desi levantó una ceja.
—¿Te refieres al que tienes expuesto en la vitrina de la entrada, a ojos de todo curioso, que parece un murciélago?
—Sí, ese. Pero la vitrina está intacta y solo se abre con mi huella dactilar —volvió a ponerse las gafas alterado—. Es como si… ¡puff! —Ramiro hizo un gesto dramático con las manos.
Desi suspiró, cerró el libro que tenía en las manos, lo dejó en la estantería y se hizo un moño alto y alborotado.
—Está bien, ¿tienes todos los dedos?
Ramiro sonrío y susurró un gracias enrojecido mientras se dirigían hacia la vitrina, Desi notó cómo sus ojos color miel la observaban a través de los espejos y reflejos de la tienda, como si cada mirada cruzada fuera una indicación de algo que ella no lograba descifrar.
—¿Has revisado el resto de vitrinas? —preguntó Desi, inclinándose para inspeccionar el área.
—Sí, claro, pero… —Ramiro hizo una pausa y luego añadió en voz baja—, pensé que quizás podrías usar tu magia.
Desi rio.
—¿Mi magia? Solo sentido común.
Ramiro sonrió con torpeza y volvió a quitarse las gafas para limpiarlas nuevamente.
—Bueno —pronunció mirando al suelo—, tu sentido común es más afilado que el mío.
Desi se acercó a la vitrina y vio algo interesante: una delgada capa de polvo cubría la mayoría de los objetos expuestos, excepto un pequeño espacio en el estante inferior junto a una huella dactilar.
—¿Quién más ha estado por aquí hoy? —preguntó, inclinándose para ver más de cerca.
—¿Pepe?
—¡Ramiro! —exclamó Desi con indignación, ¿qué tienes en contra de mi loro parlante?
—Nada, solo que… —Ramiro rodó los ojos—, la señora Torres, ella viene todos los días a primera hora de la mañana, trae café recién hecho y hojaldres para desayunar. Está escribiendo sus memorias y siempre se detiene a hablarme sobre su juventud… —Ramiro agitó su cabeza y volvió a colocarse las gafas—.Hoy parecía un poco más apresurada de lo usual.
Desi sonrió, puso sus manos en los hombros y clavó sus pupilas en él.
—¿Le has preguntado a la señora Torres si accidentalmente se llevó el abanico?
—¿Qué? ¡No! Ella jamás haría algo así. —protestó, ofendido.
—No digo que fuera intencionado…
En ese momento, la puerta del anticuario se abrió de golpe, y la señora Torres entró alteradísima.
—¡Ramiro! —exclamó agitada—. Lo siento mucho, querido, pero parece que… bueno, me llevé algo que no es mío. —Con un sonrojo evidente, sacó del bolso el abanico.
Desi soltó una carcajada a la vez que se cruzó de brazos.
—Ale, dilema resuelto —se giró giñando un ojo a Ramiro—. Sentido común y observación.
Él la miró con una mezcla de vergüenza y admiración y antes de que pudiera añadir algo más, Desi recogió su bolso y se dirigió hacia la puerta.
—Ahora que el caso está resuelto, ¿aceptarías una invitación a cenar? —dijo de repente, con la voz entrecortada.
Desi se detuvo en seco dándole la espalda, pero luego se giró con una mueca en los labios.
—¿Has orquestado todo esto para pedirme una cita?
Y salió del anticuario como quien desfila por la alfombra roja, dejando a Ramiro confuso, pero esperanzado.
Cuento 38/52
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