Beneficios
El cuerpo pesa y se revuelve como un rabo de lagartija. La mente inquieta, se alborota como un enjambre de abejas sin su reina.
El cuerpo pide calma, descanso, reposo, como el agua de un estanque y la mente, movimiento, agitación, como el toro de la feria.
Y entre medias, yo. O lo que queda de mí. Un suspiro. Un manifiesto. Una última vez de algo que fue y no volvió a ser.
Bajó del escenario con sudores fríos, el corazón acelerado y las manos temblorosas. Era la primera vez que se subía a un escenario a leer en voz alta y con público, mucho público, uno de sus textos.
—Un whisky con soda, por favor.
—¿Para calentar la voz? —preguntó el camarero con sarcasmo.
—No, para irme contigo esta noche —respondió Mila con ironía.
—Perdón, no quería ofender —dijo el muchacho, con tono de disculpa—. Escribes muy bien y, para ser tu primera vez, lo has hecho genial.
Mila puso la tarjeta de crédito sobre la barra y esperó a que le acercara el datáfono sin mediar palabra. Al girarse con la copa en la mano, se topó con Sebas, su ex, el encargado del local y el imbécil que le hizo derramar la bebida encima del vestido nuevo, comprado para la ocasión.
—¡Ey! Perdón, yo invito —dijo con guasa—. Has estado increíble. No sé por qué has tardado tanto en decidirte.
—Porque no quería verte —respondió seca y distante.
—Bueno, pero la copa sí la quieres, ¿no?
Mila hizo una mueca de desprecio, muy típica de ella hacia él y sus casposos comentarios, mientras intentaba quitar la mancha del vestido con un hielo y se preguntaba en silencio cómo podía haber estado casada con semejante tipo.
—Mila —dijo el camarero—, aquí tienes tu copa. ¿Necesitas más hielo para la mancha?
Respondió con la mano, miró que no hubiera nadie cerca, tomó la copa y se alejó de la barra y de su ex.
Seguía sin tener claro qué carajos hacía allí y de esa guisa, pero ya estaba y quería intentar disfrutar.
—¿Eres Mila? —preguntó una voz ronca y dubitativa a su espalda.
Con cautela y extrañeza, se dio la vuelta despacio.
—¡Bruno! —exclamó sorprendida, derramando su nueva copa en la camisa del apuesto hombre—. Oh, mierda, perdón.
—Tranquila —posó su mano en el hombro de Mila—, ahora vamos a juego —señaló su mancha.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ruborizada.
—He vuelto —respondió con una media sonrisa—. Me cansé de viajar por el mundo y… —hizo una pausa. Mila acabó la frase:
—Es broma.
Bruno soltó una carcajada a lo Papá Noel, como cuando eran niños.
—Sí, es broma. Contigo nunca he podido mentir porque siempre me pillas.
—¿Para qué querrías mentirme? —clavó sus pupilas en él.
—Para que te atrevieras a salir de este zulo y te vinieras conmigo a recorrer el mundo.
—Suena muy Disney.
—Sí, pero lo prometiste.
—Sí, cuando teníamos 7 años y no sabíamos multiplicar.
—Yo sigo sin saber —agregó, para quitar tensión.
—En serio, ¿qué haces aquí? ¿Ha pasado algo? ¿Tus padres están bien?
—Mila, sabes de sobra que si hubiera pasado algo te hubieras enterado antes que yo.
—Es verdad, entonces… —insistió.
—He venido a verte.
—¿A mí? ¿Por? Estoy bien.
—Eso díselo a tu ex, que no sabe ni hacerse el nudo del zapato. A mí, si es que quieres, cuéntame qué ocurre.
Mila se bebió la copa de un trago y pidió otra para los dos. La conversación se alargó hasta el desayuno, y ya de vuelta en casa, con el alcohol empapado en churros, se detuvo a pensar en la dichosa promesa mientras observaba los primeros rayos de sol acostada en la cama.
—¿Qué me impide salir de aquí? ¿A qué temo? ¿Qué me mantiene aquí? ¿Qué beneficios obtengo?
Y así, haciendo preguntas existenciales al aire, como quien habla con Dios, se quedó dormida.
Cuento 36/52
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