hermana flores blancas

Hermana

Sentadas al borde de un edificio abandonado observaban el atardecer que teñía de color calabaza la ciudad. El viento suave mecía sus cabellos mientras el silencio calaba entre ellas, solo interrumpido por el sonido lejano del tráfico o el canto leve de algún pajarillo.

—Pareces cansada —dijo Berta, girando la cabeza para mirarla con atención.

—Porque lo estoy —respondió Miriam, sin dejar de observar cómo el sol se hundía lentamente tras los edificios.

—¿Qué ha pasado?

Miriam resopló, sin apartar la vista del cielo, que ya empezaba a oscurecerse.

—He mantenido una conversación que me ha drenado.

Berta frunció el ceño, esperando una respuesta más extensa, pero solo encontró silencio.

—¿Por qué?

—Me he dado cuenta de que soy una egoísta —dijo, con la voz quebrada.

—¿Por qué dices eso? —preguntó extrañada y con cautela.

—Los dramas ajenos me dan igual —confesó Miriam—. Me resultan banales. Y me frustra pensar que, siendo más inteligente que todos ellos, tengo una vida mucho peor —apretó los dientes y sacudió la cabeza, como si el pensamiento le doliera físicamente.

—Eeeeh, para el carro un momento. —Berta la miró directamente, aunque Miriam evitaba su mirada—. ¿No crees que otros desearían tener la vida que tú tienes?

Miriam soltó una risa amarga.

—No tengo nada. ¿Quién querría una vida de mierda como la mía?

El eco del silencio cayó entre ellas, roto solo por el murmullo de la ciudad que seguía su curso. Las luces comenzaban a encenderse, una a una, como si la noche despertara justo cuando el día moría.

—A ver, para empezar, tú misma has dicho que eres inteligente, ¿no?

—Sí —respondió Miriam, con un deje de duda en su voz.

—Entonces, ¿no crees que un tonto que sabe que es tonto querría ser tan inteligente como tú?

Quedó pensativa, con las cejas fruncidas como si intentara encontrar una respuesta, pero al final solo murmuró:

—Igual no soy tan inteligente…

Berta se inclinó hacia ella, tratando de hacer contacto visual, pero Miriam seguía mirando al vacío, viendo ahora como la ciudad era bañada con el resplandor del crepúsculo.

—Lo que yo creo es que estás valorando y priorizando más lo que no tienes que lo que eres.

Miriam giró la cabeza, con los ojos cargados de lágrimas, rabia y frustración preguntó:

—¿Qué soy? —casi como un desafío.

—Valiente, generosa, resiliente. Eres mucho más de lo que te das crédito.

—¿Y para qué sirve todo eso si con ello no logro lo que quiero?

Berta suspiró y miró hacia al cielo, ahora cubierto por las primeras estrellas. Parecía estar recibiendo una respuesta y tras unos segundos, se volvió de nuevo hacia la dulce Miri.

—Hermana —dijo agarrando su mano con tono compasivo y firme—, ¿para qué quieres lo que no tienes si no valoras lo que sí?

Cuento 34/52

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