he vuelto a leer

El placer de leer cuando todo el mundo corre o cómo recuperar la capacidad de estar quieta sin que te dé un parraque

He vuelto a leer.

Y cuando digo que he vuelto a leer no me refiero a deslizar el dedo por el móvil mientras escaneo en diagonal titulares sobre catástrofes, aguacates de 17 euros el kilo o nuevas formas de crear un armario cápsula antes de las nueve de la mañana.

No.

He vuelto a leer un libro de papel.

De esos que tienen páginas, hacen ruido y se quedan abiertos boca abajo cuando los abandonas un momento.

El mismo objeto que, si pones un lápiz encima, no te pregunta si quieres actualizar el sistema operativo o autodestruirse en tres segundos.

Sí, he vuelto a sentarme con un libro en las manos y ocurrió algo inquietante:

El cuerpo de don Anselmo todavía estaba caliente cuando la policía me encontró sentada en su sillón, con una primera edición de 1888 bajo el brazo.
El inspector miró el cadáver. Luego a mí. Volvió a mirar el cadáver.
—¿Puede explicar por qué no llamó al 112 antes?
—Estaba leyendo.
—¿Leyendo? —Asentí. Él cerró los ojos y se frotó la frente—. ¿Mientras su casero se estaba muriendo?
—Bueno. Al principio no sabía que se estaba muriendo.
—¿Y cuándo lo supo?
—A las cuatro.
—¿Y entonces?
—Entonces ya iba por la página ciento catorce y solo faltaban treinta y tres para llegar al clímax..
Se hizo un silencio bastante incómodo. El inspector me observó como si estuviera intentando decidir si aquello era una confesión o una enfermedad.

Durante una temporada sustituí el placer de leer por la habilidad de marear la perdiz.

Una noche, me descubrí resolviendo puzles con el móvil mientras veía una película de misterio de dos horas en el televisor, miraba otra cosa en el portátil y hacía scroll en Pinterest desde la tablet.

Yo, la única mujer sobre la faz de la tierra que jamás había instalado juegos en el teléfono. La extraña tipa que ni siquiera ha jugado nunca al Candy Crush. Estaba completamente en la inopia abducida por cuatro pantallas.

Cuando volví en sí estaba viendo un vídeo en YouTube de un señor restaurando una silla de 1847.

Mi capacidad de atención se había convertido en un colador de caldo.

Y tomé una decisión: volver a leer libros de papel sin ninguna pantalla cerca.

Así empezó mi investigación sobre la lentitud.

—Don Anselmo murió en este sillón —dijo el inspector—. Usted estaba aquí —asentí— y no hizo nada.
—Sí. Sí hice —señalé el libro—. Seguí leyendo.
—Señora —dejó caer los brazos.
—¿Sí?
—¿Es consciente de que su actitud no la está ayudando?
—Depende.
—¿De qué?
—De si quiere encontrar al asesino o detenerme a mí.

El regreso de la lentitud: volver a leer despacio por placer

Vivimos en una sociedad que considera sospechoso cualquier momento en el que no estés produciendo algo.

Si tardas tres minutos en contestar un mensaje, alguien empieza a pensar que te ha ocurrido una desgracia. Si tardas tres días en publicar algo, parece que has abandonado tu carrera. Si dices que no sales porque vas a pasar la tarde leyendo, existe una probabilidad MUY ALTA de que alguien opine sin haberlo solicitado.

Es triste, pero certero.

Hemos aprendido a consumir todo deprisa.

Comida, noticias, vídeos, amistades, libros, viajes, conversaciones, atardeceres…

Hasta el aburrimiento queremos que sea rápido, que pase pronto, que venga con entretenimiento incorporado.

Por eso me gusta el Movimiento Slow, popularizado internacionalmente por Carl Honoré en Elogio de la lentitud.

No te convierte en una tortuga con reuma y obligaciones fiscales. Te invita a encontrar el ritmo adecuado para cada cosa, porque, por ejemplo, una novela no se disfruta más porque puedas presumir de haberla terminado en un día, pero sí te otorga la habilidad de observar con más atención.

El inspector sacó la libreta y agregó:
—El forense calcula que la muerte se produjo entre las tres y media y las cuatro y cuarto.
—Tres veinticinco.
—¿Perdón? —Levantó la mirada.
—Tres veinticinco.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque a las tres y media sonó el reloj y el gato intentó lamer lo que había en el suelo.
—¿Qué había en el suelo? ¿El gato está vivo?
—Algo azul cian.
—¿Y usted no llamó a emergencias? —negué—. ¿Por qué?
—Porque don Anselmo todavía estaba consciente y me dijo que no llamara.
—¿Qué dijo exactamente? —Anotó algo.
—No llames.
—¿Eso fue todo?
—No. Después dijo: el té.
—¿Qué té?
Señalé la mesita.
Había un termo de acero volcado, dos tazas y un plato con nueces.

Cómo dejar de tragarte la vida o practicar el Slow Food

El Slow Food propone recuperar el placer de comer y beber con calma, valorar los productos locales y disfrutar del proceso.

En literatura, sería algo parecido a sentarse con una novela y dejar que haga su trabajo sin mirar cuántas páginas llevas. Sin pensar si vas demasiado despacio o demasiado deprisa.

En definitiva, sin convertir la lectura en una competición olímpica, porque hay libros que necesitan tiempo. Frases que merecen que vuelvas atrás. Párrafos que lees y piensas:

Qué maravilla.

—¿Usted preparó ese té? —preguntó el inspector.
—No.
—¿Quién?
—El sobrino.
—¿El sobrino?
—El sobrino.
—Pero él asegura que no estuvo aquí.
—Miente. Dejó barro en los escalones.
—Podrían ser de cualquiera.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ayer llovió. El barro de los escalones es rojo. El de las botas del sobrino es gris.
—¿Y cómo sabe eso?
—Porque lleva dos años dejando las mismas huellas por toda la casa.
—¿Usted espía a la gente?
—No —miré el libro— Solo leo.
—¿Y qué tiene que ver eso?
—Que cuando lees de verdad te fijas en las cosas.
Ahí el inspector soltó una especie de resoplido.

El derecho a no producir como pollo sin cabeza y practicar el Slow Work

El trabajo lento es esencial si te has convencido de que parar es perder el tiempo.

No.

A veces una historia necesita tres horas de atención plena para escribir un párrafo decente. A veces la página en blanco no necesita otra estrategia. Tal vez, solo necesitas levantarte, caminar, tocar un árbol y volver. Solo eso.

Así que sí:

He vuelto a leer en papel para trabajar más lento

—¿Usted está intentando convertir esto en una novela? —negué—. ¿Entonces?
—Intento entender lo que ha pasado, igual que usted.
—Pues empiece por explicarme por qué compró digitalis el martes —su tono se volvió más áspero.
Eso sí era un problema.

Perder el tiempo como actividad cultural o practicar Cittaslow

Las Cittaslow promueven ciudades más calmadas para fomentar el buen vivir, proteger el medio ambiente, valorar las tradiciones y apoyar el comercio local.

Dicho de otro modo: Caminar sin GPS.

Entrar en una librería porque el escaparate te llama, hablar con la farmacéutica sin consultar el reloj, sentarte en una plaza, observar el movimiento de las nubes y ver cómo cambia la luz.

Nada de eso aparece en ningún itinerario turístico y, sin embargo, será lo que recuerdes con una sonrisa.

Aunque también te haga parecer sospechosa…

La digitalis es un cardiotónico que, al parecer, es una planta estupenda para matar a alguien si sabes lo que haces. Yo no sabía lo que hacía, pero había comprado digitalis.
—Para los geranios —respondí mordiendo el labio—. Tienen pulgón.
—La farmacéutica no opina lo mismo. Ella dice que usted preguntó por una dosis letal.
—Ah, sí. Le pregunté cuánto haría falta para matar a un hombre de ochenta kilos —levantó la cabeza del bloc—. Estoy documentándome para escribir una novela de misterio y quería que fuera creíble.
—Claro. Por supuesto. ¿Y por qué no buscó la información en internet?
Me puse en pie.
—Porque precisamente estaba intentando pasar menos tiempo frente a las pantallas.
—Creo que necesito un café —susurró, guardando el bolígrafo y la libreta.

Perder el tren y ganar una historia o practicar el Slow Travel

Mientras el turismo de masas suele consistir en recorrer 1.400 kilómetros solo para clonar fotos ajenas, el viaje lento consiste en perder el tren por contemplar un gorrión o dejar que se enfríe el café o el muerto, porque la historia te hipnotizó.

El cuerpo de don Anselmo estaba a menos de dos metros y aunque la escena era bastante desagradable había algo que no encajaba.
—Inspector.
—¿Qué?
—¿Ha mirado el pomo de la puerta?
—¿Para?
—Tiene grasa.
Refunfuñó, pero se puso los guantes y descubrió las tres huellas oscuras que destacaban sobre el latón.
—¿El sobrino? —preguntó con rintintin.
—Abra eso —señalé el cajón inferior del escritorio—. Don Anselmo siempre lo cerraba con llave cuando venía el sobrino.
—¿Se lo han dicho los libros?
—No. Hacía mucho ruido —me encogí de hombros—. Tres vueltas de llave. Cuando alguien hace algo todos los días, acabas aprendiendo.
El inspector abrió el cajón y estaba vacío.

Leer despacio es volver a estar dentro de algo

Leer en papel no es solo nostalgia o sosiego, es la cualidad de volver a concentrarte en una sola cosa. Porque al igual que el mundo no se detiene por ti, también puede esperar cinco minutos más.

Tu presencia da vida a la historia y ese vínculo es el que te empuja a leer una página más. 

—Pues vaya —dije.
—¿Esperaba encontrar algo?
—Sí. Un pagaré de catorce mil euros.
—¿Y por qué no lo había mencionado antes?
—Usted preguntó por las digitalis —señalé de nuevo el escritorio—. Ese cajón no es el que buscaba. El bueno es el de arriba.

Escribir con lápiz y papel es el verdadero movimiento slow

Volver al papel trajo consigo otra costumbre prehistórica: subrayar, anotar, garabatear… 

Un cuaderno te deja ser y ya.

Es un espacio que no te exige nada y, a la vez, te lo ofrece todo.

—¿Hay algo más que no me haya contado? 
—Creo que no.
Abrió el cajón superior y dentro había un sobre de papel manila con mi nombre escrito delante.
No reconocí la letra, pero sí la tinta. Era la misma mancha color café del libro que estaba leyendo.
—No lo toque —dijo.
—No pensaba hacerlo.

Cómo dejar de hablar por hablar y empezar a leer sin letras

Quería saber qué pasaba cuando quitas las palabras que suelen explicar la historia y ocurrió algo significativo: el lector se ve obligado a frenar.

Tiene que observar, buscar detalles y volver atrás para descubrir qué está pasando, porque en los detalles —una taza, una mirada o un cuadro— hay otra historia.

Todo eso me llevó a crear 1 de cada 10, un cómic mudo que te invita a parar y volver a leer. 

Me acerqué para escudriñar mejor la escena y vi que debajo de mi nombre había una dirección.
No era mi casa, ni la de don Anselmo.
Era la prisión provincial.
El inspector me miró. Ya no parecía enfadado. Ahora estaba preocupado.
—¿Conoce a alguien allí? —Negué con la cabeza—. ¿Está segura? —Asentí y él señaló el libro que todavía llevaba bajo el brazo—. ¿Y ese libro?
—¿Qué pasa con él? —Lo acaricié. La primera edición de 1888.
—¿Por qué leía ese libro cuando murió don Anselmo?
Di un paso atrás, porque acababa de recordar algo.

¿Qué velocidad lleva tu cerebro? El test definitivo😏

Antes de lanzarte a reivindicar la lentitud y volver a leer en papel, hay que averiguar una cosa.

Así que, frena. Coge papel y lápiz y siéntate, porque escuchar un audiolibro a 1,75x mientras limpias el baño y respondes whatsapp no es muy “normal”.

1. Te sientas a escribir el primer capítulo de tu proyecto. ¿Cuál es el plan?

A) Escribes tres palabras exquisitas, buscas etimologías en diccionarios, preparas una infusión de tetera y pasas cuarenta minutos observando cómo se enfría el vaso. (3 puntos)

B) Abres el procesador de textos, escribes una página, te distraes con una mosca y terminas limpiando la nevera para que no salga moho. (2 puntos)

C) Tienes tres monitores encendidos, dictado por voz, una sartén al fuego y un temporizador. Si no alcanzas 2.000 palabras antes de que suene la alarma, consideras que no trabajaste lo suficiente. (1 punto)

2. Tu peor pesadilla editorial es…

A) Que alguien te diga que una coma «frena el dinamismo de la trama». Tus comas tienen derechos humanos. (3 puntos)

B) Que el algoritmo decida que abandonaste porque llevas tres meses sin publicar novedades. (2 puntos)

C) Pasar diez minutos sin comprobar estadísticas, ventas, visualizaciones o si alguien ha pronunciado tu nombre en internet. (1 punto)

3. Alguien dice que tu novela tarda demasiado en arrancar.

A) Sonríes. El lector apresurado del siglo XXI todavía no comprende la grandeza de una buena pausa. (3 puntos)

B) Entras en crisis, reescribes el primer capítulo y consideras hablar con la IA para que solucione tus problemas de autora sin criterio(2 puntos)

C) Respondes al comentario, abres un debate en redes, bajas el libro a cero euros y compruebas las descargas cada siete minutos. (1 punto)

Diagnóstico

13-15 puntos — La Ermitaña del Papiro

Tu nivel de lentitud amenaza con convertirse en patrimonio cultural. No lees libros. Los habitas. Continúa así, pero publica algo antes de 2047.

9-12 puntos — La Equilibrista del Café Frío

Quieres vivir despacio. Lo deseas. El problema es que el mundo te manda notificaciones. Aún así, has conseguido cierta estabilidad entre “disfruto del proceso” y “DIOS MÍO, NO HE PUBLICADO NADA ESTA SEMANA”.

5-8 puntos — La Autómata del Best Seller

No escribes historias. Las despachas. Tu combustible es la cafeína y tu musa es el tic-tac. Por eso, tu próxima novela se titulará: Ataque de toc en tres actos. Necesitas urgentemente salir a caminar. SOLA.

Si no quieres acabar como la prota de esta historia…

La frase subrayada. La única frase de toda la novela que me había hecho volver atrás. La única que había leído en bucle y que no podía sacar de mi cabeza.
Allí estaba, escrita con la misma tinta café del papel, en el margen de la página ciento catorce.

El primero en leer es el asesino.

Levanté la mirada.
El inspector tenía las esposas en la mano.
Sonreí.
—¿Por qué sonríe?
Miré el libro por última vez.
—Ahora sí empieza la historia.

Puede que la conclusión más sencilla de todas sea que, para volver a encontrar el placer de leer, solo necesitas recuperar la cualidad de estar quieta el tiempo suficiente para que una historia consiga alcanzarte.

Y eso, en un mundo que corre a velocidad x2, es una forma bastante elegante de rebelión.

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